1929-1932: Capítulo 2. La Rusia zarista y la guerra, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 41-53.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
La intervención de Rusia en la guerra era contradictoria
por los motivos y los fines que perseguía. En el fondo,
la sangrienta lucha entablada giraba en torno a la supremacía
mundial. En este sentido, excedía de las fuerzas de Rusia.
Los «objetivos de guerra» de ésta (los estrechos
turcos, Galicia, Armenia) tenían un carácter provincial
y sólo podían ser alcanzados de pasada en la medida
en que se armonizasen con los intereses de las potencias beligerantes
decisivas.
Pero, al mismo tiempo, Rusia, como gran potencia que era, no podía
permanecer al margen en aquellas disputas de los países
capitalistas más avanzados, del mismo modo que, en la época
anterior, no había podido abstenerse de introducir en su
país fábricas, ferrocarriles, fusiles de tiro rápido
y aeroplanos. Los frecuentes debates entablados entre los historiadores
rusos de la moderna escuela acerca de si la Rusia zarista estaba
o no madura para tomar parte en la política imperialista
contemporánea, degeneran constantemente en escolasticismo,
pues enfocan a Rusia aisladamente, como factor suelto en la palestra
internacional, cuando, en realidad, no era más que el eslabón
de un sistema.
La India tomó parte en la guerra formalmente y de hecho
como colonia de Inglaterra. La intervención de China, aparentemente
«voluntaria», fue, en realidad, la intervención
del esclavo en las reyertas de los señores. La beligerancia
de Rusia venía a ocupar un lugar intermedio entre la de
Francia y la de China. Rusia pagaba en esta moneda el derecho
a estar aliada con los países progresivos, importar sus
capitales y abonar intereses por los mismos; es decir, pagaba,
en el fondo, el derecho a ser una colonia privilegiada de sus
aliados, al propio tiempo que a ejercer su presión sobre
Turquía, Persia, Galicia, países más débiles
y atrasados que ella, y a saquearlos. En el fondo, el imperialismo
de la burguesía rusa, con su doble faz, no era más
que un agente mediador de otras potencias mundiales más
poderosas.
Los «compradores» chinos (1) son el tipo clásico
de una burguesía nacional creada sobre el papel de agente
intermedio entre el capital financiero extranjero y la economía
interior del país. En la jerarquía de los Estados
del mundo, Rusia ocupaba antes de la guerra un lugar considerablemente
más alto que China. Problema aparte es ya saber el lugar
que hubiera ocupado después de la guerra, suponiendo que
no hubiese estallado la revolución. Sin embargo, la autocracia
rusa, de una parte, y de otra la burguesía, presentaban
los rasgos característicos marcados del tipo de los «compradores»:
tanto una como otra vivían y se nutrían de los vínculos
que les unían al imperialismo extranjero, a cuyo servicio
estaban, y de no apoyarse en él, no hubiera podido tenerse
en pie. Y ya se vio que, a última hora, ni con este apoyo
pudieron salir adelante. La burguesía rusa «semicompradora»
tenía intereses mundiales imperialistas, a la manera como
el agente que trabaja en comisión comparte los intereses
de la empresa a quien sirve.
El instrumento de las guerras son los ejércitos. Y como
en las mitologías nacionales, el propio Ejército
se considera siempre invencible, las clases gobernantes en Rusia
no se veían obligadas a hacer una excepción para
el ejército zarista. En realidad, éste no representaba
una fuerza sería más que contra los pueblos semibárbaros,
los pequeños países limítrofes y los Estados
en descomposición; en la palestra europea, este ejército
podía luchar coaligado con los demás. En el aspecto
defensivo, su eficacia estaba en relación directa con la
inmensa extensión del país, la densidad escasa de
población y las malas comunicaciones. El ejército
de los campesinos siervos de la gleba tuvo un virtuoso: Suvórov.
La Revolución Francesa, abriendo de par en par las puertas
de una nueva sociedad y a una nueva estrategia, firmó la
sentencia de muerte de los ejércitos surovianos.
La semiabolición del régimen servil y la implantación
del servicio militar obligatorio modernizaron el ejército
dentro de los mismos límites que el país: es decir,
llevaron a él todas las contradicciones de una nación
que aún no había hecho su revolución burguesa.
Cierto es que el ejército zarista fue organizado y equipado
a tono con el ejemplo de los países occidentales pero esto
afectaba más a la forma que al fondo. Había una
gran desproporción entre el nivel cultural del campesino-soldado
y el de la técnica militar. En el mando cobraban expresión
la ignorancia, la pereza y la venalidad de las clases gobernantes
rusas. La industria y los transportes fallaban constantemente
ante las exigencias concentradas de los tiempos de guerra. Los
soldados, que en los primeros días de la guerra daban la
impresión de estar bien equipados, carecieron en seguida
no sólo de armas, sino de botas. En la guerra ruso-japonesa,
el ejército zarista demostró su nulidad. En la época
de la contrarrevolución, la monarquía, con la ayuda
de la Duma, abasteció los depósitos de material
de guerra y remendó como pudo el ejército, echando
también una pieza a su reputación de invencible.
Hasta que en el año 1914 sobrevino una prueba harto más
dura.
En cuanto al armamento y las finanzas, Rusia se nos revela, durante
la guerra, entregada servilmente a sus aliados. En realidad, esto
no hacía más que reproducir, en el aspecto militar,
la subordinación general en que se encontraba respecto
a los países capitalistas avanzados. Pero ni con la ayuda
de los aliados salvó Rusia su situación. La escasez
de municiones, la falta de medios para fabricarlas, la ausencia
de una buena red ferroviaria, con su consiguiente incapacidad
para el transporte, tradujeron el atraso de Rusia al lenguaje
de las derrotas, accesible para todo el mundo, y esas derrotas
recordaron a los elementos liberales de la nación que sus
antecesores no se habían cuidado de hacer la revolución
burguesa y que, por tanto, los descendientes estaban en deuda
con la Historia.
Los primeros días de la guerra fueron también los
primeros días de la ignonimia. Después de una serie
de catástrofes parciales, en la primavera de 1915 sobrevino
la desbandada general. Los generales descargaban los furores de
su ineptitud criminal sobre la población pacífica.
Los inmensos territorios del país eran devastados brutalmente.
Verdaderas nubes de langosta humana veíanse empujadas a
latigazos hacia el interior del país. El desastre de dentro
venía a completar el derrumbamiento de fuera.
Contestando a las preguntas de sus colegas, en que hablaba la
inquietud respecto a la situación en el frente, el ministro
de la Guerra, general Polivanov, contestó textualmente:
« Confío en la dilatada extensión intransitable
de nuestro territorio, en los pantanos inacabables y en la misericordia
de san Nicolás de Mirlik, protector de la santa Rusia.»
(Sesión del 4 de agosto de 1915.) Unas semanas más
tarde, el general Ruski confesaba a aquellos mismos ministros:
«Las modernas exigencias de la técnica militar exceden
de nuestras posibilidades. Desde luego, no podemos entendérnolas
con los alemanes.» Y en estas palabras no se reflejaba una
impresión pasajera. El oficial Stankievich reproduce estas
palabras de un ingeniero militar: «Es inútil que
queramos guerrear contra los alemanes, pues no nos hallamos en
condición de hacer nada. Hasta los nuevos métodos
de guerra se truecan para nosotros en otras tantas causas de fracaso.»
Y aún podríamos citar multitud de opiniones por
el estilo.
De lo único que los generales podían disponer en
abundancia era de carne humana. Con la carne de vaca y de cerdo
se guardaba mucha más economía. Aquellas nulidades
grises del Estado Mayor, aquel Yanuskievich de la escolta de Nikolai
Nikolaievich o aquel Alexeiev de la escolta del zar, no sabían
más que tapar las brechas con nuevas movilizaciones, consolando
a los aliados y consolándose a sí mismos con grandes
columnas de cifras, cuando lo que hacía falta eran columnas
de combatientes. Fueron movilizados cerca de quince millones de
hombres que llenaban las zonas de combate, los cuarteles, los
centros de etapa, se estrujaban y se pisoteaban unos a otros furiosos
y con la maldición en los labios. Y estas masas humanas,
que eran un valor nulo en el frente, eran, en cambio, un valor
muy efectivo de disgregación en el interior del país.
Se calcula que el número de muertos, heridos y prisioneros
rusos fue aproximadamente de cinco millones y medio de hombres.
La cifra de desertores aumentaba incesantemente. Ya en julio de
1915, los ministros se lamentaban: «¡Pobre Rusia! Hasta
su ejército, que en otros tiempos llenó el mundo
con el clamor de sus victorias..., ha venido a quedar reducido
a un tropel de cobardes y desertores.»
Los propios ministros que hacían chistes macabros hablando
de la «valentía evacuadora» de los generales,
perdían horas y horas en discutir problemas como éste:
¿Debían sacarse de Kiev las reliquias de los santos
o dejarlas estar? El zar entendía que podían dejarse
allí, pues «los alemanes no se atreverán a
tocarlas, y si se atreven, peor para ellos». Sin embargo,
el Sínodo había empezado ya a trasladarlas a otro
sitio: «Cuando nos marchemos, nos llevaremos con nosotros
lo más preciado.» Estos hechos no ocurrían
en la época de las Cruzadas, sino en pleno siglo XX, mientras
la radio transmitía las noticias de las derrotas rusas.
Los triunfos alcanzados por Rusia sobre Austria-Hungría
no se debían tanto al país vencedor como al vencido.
La putrefacta monarquía de los Habsburgo estaba pidiendo
a voces desde hacía largo tiempo un sepulturero, el primero
que llegase. No era la primera vez que Rusia triunfaba de los
Estados en descomposición, tales como Turquía, Polonia
y Persia. El frente suroccidental del ejército ruso, vuelto
hacia Austria-Hungría, alcanzó, a diferencias de
los otros, grandes victorias. en él se destacaron algunos
generales que, si a decir verdad no revelaron en nada grandes
aptitudes militares, por lo menos no estaban contagiados hasta
el tuétano de ese fatalismo propio de los caudillos vencidos
invariablemente. De este medio habrían de salir, andando
el tiempo, algunos de los «héroes» blancos de
las guerras civiles.
Todo el mundo buscaba en quién descargar sus culpas. No
había judío a quien no se acusara de espionaje.
Todo el que llevaba un apellido alemán veía su casa
saqueada. El Estado Mayor del gran duque Nikolai Nikolaievich
mandó fusilar como espía alemán al coronel
de gendarmes Miasoiedov, sin prueba alguna fehaciente de lo que
fuese. Sujomlinov, ministro de la Guerra, hombre vacuo y poco
escrupuloso, fue detenido y acusado, acaso no sin motivos, de
traición. El ministro de Negocios Extranjeros de la Gran
Bretaña, Grey, dijo al presidente de la delegación
parlamentaria rusa, comentando el hecho: «Vuestro gobierno
da pruebas de una gran audacia al atreverse a procesar por traidor
en plena guerra al ministro del ramo.» Los estados mayores
y la Duma acusaban de germanofilia a la Corte. Y tanto unos como
otros sentían envidia y odio contra los aliados. El alto
mando francés economizaba sus tropas, echando mano de soldados
rusos. Inglaterra se desplazaba lentamente. En los salones de
Petrogrado y en los estados mayores del frente decíanse
chanceando: «Inglaterra ha jurado que guerrearía hasta
dar la última gota de sangre... del soldado ruso.»
Estas bromas acabaron por llegar a oídos de los soldados
del frente. «¡¡Todo para la guerra!», exclamaban
los ministros, los diputados, los generales y los periodistas.
«Sí -gruñían los soldados en las trincheras,
empezando a abrir los ojos-; todos están dispuestos a combatir
hasta la última gota... de mi sangre.»
El ejército ruso experimentó en la guerra un número
de muertos superior al de ninguna de las demás naciones
que tomaron parte en la matanza; sus víctimas ascendieron
a dos millones y medio de muertos, o sea el 40 por 100 de las
pérdidas sufridas por todos los ejércitos aliados
juntos. En los primeros meses, los soldados caían bajo
los obuses sin reflexionar o reflexionando poco. Pero cada día
que pasaba iba dejando en ellos un nuevo poso de experiencia,
esa experiencia amarga de los «soldados rasos», que
no tienen quién les sepa conducir. Los soldados tocaban
las consecuencias de aquel caos de marchas sin rumbo ni objetivo
que ordenaban sus generales en sus zapatos rotos y en un estómago
vacío.
Y de aquella papilla sangrienta de hombres y cosas se alzó
una palabra que fue tomando cuerpo y extendiéndose por
todas partes: la palabra locura. El rudo lenguaje de los soldados
empleaba, naturalmente, otra un poco más fuerte.
El cuerpo que primero se desmoralizó fue la Infantería,
formada por campesinos. La Artillería, en cuyas filas suele
haber un tanto por ciento bastante grande de obreros industriales,
denota, por lo general, una capacidad mucho mayor de asimilación
de las ideas revolucionarias, como hubo de demostrarse bien claramente
en 1905. El hecho de que en 1917 la Artillería revelara,
por el contrario, tendencias más conservadoras que la Infantería,
se explica teniendo en cuenta que por los regimientos de Infantería
pasaba como por un cedazo una sucesión constante de masas
humanas cada vez menos preparadas. La Artillería, que había
sufrido muchas menos pérdidas, seguía conversando
los antiguos cuadros. Lo mismo ocurría en otras armas especiales.
Pero, a última hora, tampoco la Artillería se mantuvo
fiel.
Durante la retirada de Galicia, el generalísimo transmitió
la siguiente orden secreta: «Azotar a los soldados que deserten
o cometan cualesquiera otros delitos.» Pireiko, un soldado,
cuenta: «Comenzaron a azotar a los soldados por la más
insignificante falta, como era, por ejemplo, el alejarse del regimiento
por algunas horas sin permiso; otras veces se veía que
azotaban sencillamente para levantar la moral bélica a
fuerza de latigazos.» Ya el 17 de septiembre de 1915, apuntaba
Kuropatkin invocando el testimonio de Guchkov: «Los soldados
partieron a la guerra lleno de entusiasmo; ahora están
cansados y las constantes retiradas les han hecho perder la fe
en la victoria.» Era, sobre poco más o menos, por
los mismos días en que el ministro del Interior, hablando
de los treinta revoltosos que no conocen la disciplina, escandalizan,
se pelean con los guardias (no hace mucho que un guardia fue muerto
por ellos), libertan por la fuerza a los detenidos, etcétera.
Es evidente que si surgen desórdenes, estas hordas se sumarán
a la multitud.» El soldado Pireiko, a quien citábamos
más arriba, escribe en sus Recuerdos: « Todo
el mundo, sin excepción, concentraba su interés
en la paz: lo que menos le interesaba al ejército era saber
quién saldría vencedor y qué clase de paz
se sellaría. El ejército necesitaba, quería
la paz a toda costa, pues estaba cansado ya de la guerra.»
Una mujer que poseía espíritu observador, S. Fedorchenko,
tuvo ocasión de escuchar, siendo enfermera, las conversaciones,
casi diríamos los pensamientos, de los soldados, y los
puso por escrito con gran arte en su carnet de notas. Fruto de
este trabajo fue un librito titulado El pueblo en la guerra,
que nos permite lanzar una ojeada a ese laboratorio en que las
bombas, las alambradas, los gases asfixiantes y la vileza de los
jefes fueron trabajando durante largos meses la conciencia de
unos cuantos millones de campesinos rusos y donde con los huesos
humanos crujían los prejuicios de varios siglos de tradición.
En muchos de aquellos aforismos primitivos, grabados por la soldadesca,
latían ya en potencia las consignas de la guerra civil
que se avecinaba.
El general Ruski lamentábase, en diciembre de 1916, de
Riga, a la que llamaba la desgracia del frente septentrional.
Era lo mismo que Pvinsk -decía el general-, «un nido
de propaganda revolucionaria». El general Brusílov
confirmaba que las tropas procedentes de esa región llegaban
desmoralizadas que los soldados se negaban a lanzarse al ataque,
que el capitán de una compañía había
sido muerto a bayonetazos por sus hombres, que no había
habido más remedio que fusilar a unos cuantos y por ahí
adelante. «Los gérmenes que había de producir
la descomposición definitiva del ejército existían
ya mucho antes de la revolución», confiesa Rodzianko,
que mantenía relaciones con la oficialidad y había
visitado repetidas veces el frente.
Los elementos revolucionarios, al principio dispersos, habíanse
hundido en la masa del ejército casi sin dejar huella.
Pero a medida que cundía el descontento iban saliendo de
nuevo a la superficie. Los obreros huelguistas, enviados al frente
como castigo, reforzaban las filas de los agitadores, y las retiradas
les brindaban auditorios propicios. «En el interior, y sobre
todo en el frente -denuncia la Ocrana-, el ejército está
plagado de elementos subversivos, de los cuales unos pueden convertirse,
llegado el momento de una sublevación, en una fuerza activa,
y otros negarse a ejecutar medidas represivas...» Las autoridades
superiores de la gendarmería de la provincia de Petrogrado
denuncian en octubre de 1916, basándose en un informe del
delegado de la «Unión de Zemstvos», que el estado
de espíritu que reina en el ejército es inquietante,
que las relaciones entre los oficiales y soldados denotan una
gran tirantez; por doquier pululan a millares los desertores.
«Todo el que haya visto de cerca el ejército saca
la impresión y el convencimiento de que entre los soldados
reina indiscutible descomposición moral.» Por medida
de prudencia, el informe añade que si bien mucho de lo
que se cuenta en las citas informaciones parece poco verosímil,
no hay más remedio que darle crédito, pues muchos
de los médicos que regresan del frente de operaciones se
expresan en idéntico sentido.
El estado de espíritu reinante en el interior del país
correspondía a la moral del frente. En la reunión
celebrada por el partido «kadete» (2) en octubre de 1916,
la mayoría de los delegados hacía notar la apatía
y la desconfianza en el final victorioso de la guerra que dominaban
«en todos los sectores de la población, sobre todo
en el campo y entre los elementos pobres de las ciudades».
El 30 de octubre de 1916, el director del Departamento de Policía
hablaba en sus informes de la «fatiga de la guerra»
y del «anhelo de una paz pronta, sea cual sea, que se observan
por todas partes en todos los sectores de la población».
Meses más tarde, todos estos señores, diputados
y policías, generales, médicos y ex-gendarmes, afirmaban
unánimemente que la revolución había matado
el patriotismo en el ejército y que los bolcheviques les
habían quitado de entre las manos una victoria segura.
En este caos de patriotismo belicoso, los que llevaban la batuta
eran, sin duda, los demócratas constitucionales (los kadetes).
El liberalismo, que ya a fines de 1905 había roto el contacto
muy problemático que le unía a la revolución,
levantó desde los primeros momentos de la contrarrevolución
la bandera del imperialismo. Y la cosa era lógica: puesto
que no había manera de limpiar al país de la basura
feudal para garantizar a la burguesía una situación
preeminente, no le quedaba más recurso que pactar una alianza
con la monarquía y la nobleza, con el fin de asegurar al
capital un puesto más relevante en la palestra mundial.
Y si bien es cierto que la catástrofe mundial se fue preparando
desde distintos puntos, lo cual hizo que hasta cierto punto sorprendiese
incluso a sus organizadores más responsables, no es menos
indudable que los liberales rusos, en su calidad de inspiradores
de la política exterior de la monarquía, ocupan
un lugar bastante destacado en la preparación de la guerra.
Los caudillos de la burguesía rusa hacían justicia
a la verdad al saludar como cosa suya la guerra de 1914. En la
sesión solemne celebrada por la Duma nacional el 16 de
julio de 1914, el representante de la fracción de los kadetes
declara: «No poseemos condiciones ni formulamos exigencias;
nos limitamos a arrojar en la balanza la firme decisión
de rechazar al enemigo.» La «unión sagrada»
fue sellada también en Rusia como doctrina oficial. Durante
las manifestaciones patrióticas de Moscú, el marqués
de Benkerndorf, maestro mayor de ceremonias, declaró a
los diplomáticos: «¡Ahí tienen ustedes
la revolución que nos pronosticaban en Berlín!»
«Esta idea -comenta el embajador francés Paleologue
está manifiestamente en todas las cabezas.» Aquella
gente consideraba como su deber abrigar y sembrar ilusiones en
una situación que paree que debía ser incompatible
con ellas.
No habían de hacerse esperar las frías enseñanzas
de la realidad. Poco después de estallar la guerra, uno
de los kadetes más expansivos, el abogado y terrateniente
Rodichev exclamaba en una sesión del comité central
de su partido.: «¿Pero es posible que creáis
que con imbéciles como éstos puede nadie vencer?»
Los acontecimientos demostraron que no, que con imbéciles
como aquéllos no había manera de vencer. Cuando
ya tenía perdida una buena parte de su fe en el triunfo,
el liberalismo intentó aprovecharse de la inercia de la
guerra para introducir un poco de limpieza en la camarilla palaciega
y obligar a la monarquía a pactar. El arma principal de
que se sirvió para estos fines fue la acusación
de germanofilia y de preparación de una paz por separado
lanzada contra el partido de los palatinos.
En la primavera de 1915, cuando las tropas desarmadas se batían
en retirada en todo el frente, las esferas gubernamentales decidieron,
no sin la presión de los aliados, atraer hacia los trabajos
de guerra la iniciativa de la industria privada. A una reunión
convocada especialmente para este fin acudieron, además
de los burócratas, los industriales más influyentes.
Las «uniones de zemstvos» y municipios que habían
surgido al estallar la conflagración, y los comités
industriales de guerra creados en la primavera de 1915 se convirtieron
en otros tantos puntos de apoyo de la burguesía en su lucha
por la victoria y el poder. Apoyada en dichas organizaciones,
la Duma nacional podía obrar con mayor seguridad como mediadora
entre la clase burguesa y la monarquía.
Sin embargo, las vastas perspectiva políticas no distraían
la atención de los interese cotidianos. De la comisión
asesora especial, formada con aquellos fines, fluían, como
de un manantial, cientos de millones de rublos, que, ramificados
por diversos canales, regaban copiosamente la industria, saciando
a su paso los apetitos de muchos. En la Duma nacional y en la
prensa se dieron a conocer algunos de los beneficios de guerra
obtenidos durante los años 1915 y 1916: la empresa textil
de Riabuschinski, un fabricante liberal de Moscú, figuraba
con un 75 por 100 de beneficios netos; la manufactura de Tver
¡con un 111 por 100!; la fábrica de laminación
de cobres de Kolichuguin, fundada con un capital de diez millones,
aparecía reportando más de doce de utilidades. Como
se ve aquí, la virtud patriótica quedaba recompensada
espléndidamente, y, además, bastante aprisa.
La especulación en todas sus formas y las jugadas de Bolsa
llegaron al paroxismo. De la espuma sangrienta surgían
inmensas fortunas. El que en la capital no hubiese pan ni combustible
no impedía a Faberget, el joyero de la corte, vanagloriarse
de que nunca había hecho tan magníficos negocios.
La Wirubova, camarera de palacio, cuenta que jamás se habían
encargado trajes tan caros ni se habían comprado tantos
brillantes como durante el invierno de 1915-1916. Los locales
nocturnos de diversiones estaban abarrotados de héroes
emboscados, de desertores legales y demás caballeros respetables,
demasiados viejos para guerrear en el frente pero lo suficientemente
jóvenes todavía para gozar de la vida en la retaguardia.
Los grandes duques no eran los que menos participaban en aquellas
orgías, mientras hacia estragos la peste. Y no había
que preocuparse de lo que se derrochaba, pues no cesaba de caer
de lo alto una lluvia benéfica de oro. La «buena sociedad»
no tenía más que alargar la mano y abrir los bolsillos;
las damas aristocráticas alzaban las faldas; los banqueros
e intendentes, industriales, bailarinas del zar y de los grandes
duques, jerarcas ortodoxos, damas de la corte, diputados radicales,
generales del frente y de la retaguardia, abogados radicales,
tartufos augustos de ambos sexos, el tropel de sobrinos, y, sobre
todo, de sobrinas, todos chapoteaban en aquel cieno amasado con
sangre. Todos se daban prisa a robar y a comer a dos carrillos,
temerosos de que la benéfica lluvia se acabara, y todos
rechazaban con indignación la idea ignominiosa de una paz
prematura.
La comunidad en las ganancias, las derrotas en el frente y los
peligros del interior fueron acercando más y más
a los partidos de las clases poseedoras. En la Duma, desunida
todavía en vísperas de la guerra, formóse
en 1915 una mayoría patriótica de oposición,
que adoptó el nombre de «bloque progresivo».
Proclamó, naturalmente, como su finalidad oficial, la «satisfacción
de las necesidades creadas por la guerra». En la izquierda
quedaron fuera del bloque los socialdemócratas y los trudoviki (3);
en la derecha, los grupos francamente oscurantistas, los tres
grupos de octubristas (4), el centro y una parte de los nacionalistas,
entraron en el bloque o se adhirieron a él, al igual que
los grupos nacionalistas, entraron en el bloque o se adhirieron
a él, al igual que los grupos nacionales: los polacos,
los lituanos, los musulmanes, los judíos, etc. Para no
asustar al zar lanzando la fórmula de un ministerio responsable,
el bloque exigió «un gobierno de coalición,
formado por personas que gozasen de la confianza del país».
El ministro del Interior, príncipe Cherbarov, definía
ya en aquel entonces el bloque progresivo como una «unión
pasajera provocada por el peligros de la revolución social».
Para comprender esto no era necesaria, naturalmente, una gran
penetración. Miliukov, que capitaneaba a los kadetes, y
desde ese puesto al bloque, decía en una reunión
de su partido: «Estamos sobre un volcán... La tensión
ha llegado a su límite extremo... Basta con que cualquier
imprudente arroje una cerilla al suelo para que estalle el voraz
incendio... Urge más que nunca un poder fuerte, sea el
que fuese, bueno o malo.»
Tan grande era la esperanza de que el zar, intimidado por las
derrotas, se avendría a hacer concesiones, que, en agosto,
la prensa liberal publicó la lista de un proyectado «Gabinete
de confianza» con el presidente de la Duma, Rodzianko, de
primer ministro (otra versión indicaba para este cargo
al presidente de la «Unión de Zemstvos», príncipe
Lvov); Guchkov de ministro del Interior; Miliukov, en Negocios
Extranjeros, etc. Año y medio después, la mayoría
de estas personas, que se habían nombrado a sí mismas
para aliarse con el zar contra la revolución, obtenían
carteras en el gobierno «revolucionario» provisional.
No era el primer caso en que la Historia se permitía bromas
de éstas. Menos mal que, por esta vez, la chanza resultó
de corta duración.
La mayoría de los ministros del gabinete presidido por
Goremikin estaban tan aterrorizados como los kadetes ante la marcha
de los acontecimientos, razón por la cual se inclinaban
a pactar con el bloque progresivo. «Un gobierno que no cuente
con la confianza del titular del poder supremo, ni del ejército,
ni de los municipios, ni de los «zemstvos», ni de la
nobleza, ni de los comerciantes, ni de los obreros, no sólo
no puede actuar, sino que ni siquiera puede existir. Es un absurdo
manifiesto.» Éste era el juicio que le merecía,
en agosto de 1915, al príncipe Cherbatov el gobierno en
que él mismo desempeñaba la cartera del Interior.
«Si las cosas se organizan de una manera decorosa y se deja
una salida -decía el ministro de Negocios Extranjeros,
Sazonov-, los kadetes serán los primeros en aceptar el
pacto; Miliukov es un gran burgués, y a nada teme tanto
como a la revolución social. Además, la mayoría
de los kadetes tiemblan ante la perspectiva de perder sus capitales.»
Por su parte, el propio Miliukov entendía que el «bloque»
tendría que hacer «ciertas concesiones». Como
se ve, ambas partes estaban dispuestas a entenderse, y parecía
asunto concluido. Pero el 29 de agoto, Goremikin, el presidente
del Consejo, un burócrata cargado de años y de honores,
viejo cínico que se dedicaba a hacer política entre
partida y partida de tresillo y se negaba a atender ninguna queja,
diciendo que la guerra no era cosa suya, se presentó al
zar en el cuartel general y volvió con la noticia de que
todo el mundo debía permanecer en su sitio y las cosas
como estaban, excepto la rebelde Duma, que sería disuelta
el 3 de septiembre. La lectura del ukase del zar disolviendo la
Duma fue acogida sin una sola palabra de protesta; los diputados
dieron un viva al zar y se fueron cada cual por su lado.
¿Cómo este gobierno, que, según su propia confesión,
no se apoyaba en nadie, pudo sostenerse en el poder más
de año y medio? Los triunfos pasajeros de las tropas rusas
surtieron, indudablemente, su efecto, reforzando la benéfica
lluvia de oro. Cierto es que los triunfos en el frente se acabaron
pronto, pero en el interior del país los beneficios seguían
viento en popa. Sin embargo, la causa principal de que se consolidase
la monarquía por una temporada, doce meses antes de sobrevenir
su derrumbamiento, residía en la aguda diferenciación
del descontento popular. El jefe de la Ocrana de Moscú
daba cuenta de cómo la burguesía evolucionaba hacia
la derecha empujada por «el miedo ante la posibilidad de
que después de la guerra se produjesen revueltas revolucionarias».
Como vemos, la posibilidad de una revolución en plena guerra
se daba por descartada. Los industriales andaban, además,
inquietos por los «coqueteos» de algunos de los directores
de los comités industriales de guerra con el proletariado.
El coronel de gendarmes Martínov, que, por lo visto, no
había perdido el tiempo leyendo por deber profesional las
obras marxistas, llegaba a la conclusión de que la mejora
relativa experimentada por la situación política
del país se debía a «la diferenciación
cada vez más acentuada de las clases sociales, en la que
se ponen al descubierto de un modo vivo y cada vez más
insensible, en los tiempos que corren, los conflictos planteados
entre sus intereses».
La disolución de la Duma en septiembre de 1915 fue un reto
lanzado a la burguesía y no a los obreros. Y sin embargo,
mientras los liberales se volvían a sus casas vitoreando
al zar, aunque, a decir verdad, sin gran entusiasmo, los obreros
de Petrogrado y Moscú contestaban al reto con huelgas de
protesta. Esto acabó de desalentar a los liberales, que
a los más que temían era a que un tercero en discordia
se entrometiera en su pleito familiar con la monarquía.
¿Qué posición debían adoptar? Los liberales,
con unos cuantos gruñidos tímidos del ala izquierda,
optaron por la solución acreditada: no salirse de la legalidad
y revelar la inutilidad de la burocracia cumpliendo estrictamente
con sus deberes patrióticos. Desde luego, no había
más remedio que dejar a un lado, por el momento, la lista
de un ministerio liberal.
Entretanto, la situación iba empeorando automáticamente.
En mayo de 1916 fue convocada a otra vez la Duma, aunque, a decir
verdad, nadie sabía para qué. No entraba en sus
intenciones, ni por asomo, hacer un llamamiento a la revolución.
Y no siendo así, no pintaba ningún papel. «Durante
este período -recuerda Rodzianko- las sesiones se desarrollaban
perezosamente, los diputados asistían a ellas con irregularidad...
La eterna lucha parecía no tener ningún sentido,
el gobierno no quería oír nada, el desorden crecía
y el país caminaba hacia el precipicio.» En el transcurso
de 1916 la monarquía halló un poco de apoyo social
en el miedo de la burguesía a la revolución, unido
a la impotencia de la burguesía sin revolución.
En otoño, la situación se agravó más
aún. Ahora todo el mundo estaba convencido de que era inútil
proseguir la guerra, y la indignación de las masas populares
amenazaba con desbordarse a cada momento. Los liberales, al mismo
tiempo que atacaban al partido palatino por su «germanofilia»,
creían necesario tantear las posibilidades de paz, preparando
así su porvenir. Sólo de este modo se explican las
negociaciones celebradas en Estocolmo, en el otoño de 1916,
por uno de los jefes del «bloque progresivo», el diputado
Protopopov, con el diplomático alemán Warburg. La
delegación de la Duma, que hizo sendas visitas de amistad
a los franceses y a los ingleses, pudo convencerse sin esfuerzo,
lo mismo en París que en Londres, de que los queridos aliados
estaban dispuestos a sacar a Rusia, mientras durase la guerra,
el mayor jugo vital posible, para después de la victoria
convertir a este país atrasado en terreno propicio para
su explotación económica. La vieja Rusia, deshecha
y a remolque de los aliados victoriosos, hubiera vivido una existencia
colonial. A las clases poseedoras rusas no les quedaba más
recurso que pugnar por desprenderse de aquellos abrazos excesivamente
apretados de la «Entente» y buscar por su cuenta un
camino que les llevase a la paz, aprovechándose del antagonismo
que reinaba entre los dos bandos más poderosos. La entrevista
del presidente de la delegación de la Duma con el diplomático
alemán, primer paso dado en este sentido, quería
ser, además, una amenaza para los aliados, con el fin de
coaccionarlos a hacer concesiones, y un tanteo de la posibilidad
de establecer una inteligencia con Alemania. Protopopov no sólo
obraba de acuerdo con la diplomacia zarista -la entrevista se
celebró en presencia del embajador ruso en Suiza-, sino
que su gestión iba avalada por toda la delegación
de la Duma nacional. De paso, los liberales perseguían
un objetivo interior no menos importante: «Confía
en nosotros -daban a entender al zar- y le conseguiremos una paz
por separado, mejor y más firme que Sturmer.» Según
los planes de Protopopov, es decir, de sus mandantes, el gobierno
ruso debería notificar a los aliados, «con algunos
meses de anticipación», que se veía obligado
a poner fin a la guerra, y que si ellos se negaban a entablar
negociaciones de paz, Rusia tendría que firmar un armisticio
por separado con Alemania. En una confesión escrita ya
después de la revolución, Protopopov dice, como
si hablase de una cosa muy natural: «Toda la gente razonable
del país, incluyendo a casi todos los líderes del
partido de la «libertad del pueblo» (5), estaban persuadidos
de que Rusia no se hallaba en condiciones de continuar la guerra.»
El zar, a quien Protopopov, a su regreso, dio cuenta del viaje
y del resultado de sus negociaciones, mostróse en absoluto
conforme con la idea de una paz por separado. Lo que no veía
era que hubiese ningún motivo para asociar a los liberales
a la empresa. El que Protopopov, rompiendo -dicho sea de paso-
con el bloque progresivo, entrase de pronto a formar parte de
la camarilla palaciega, tenía su explicación en
el carácter personal de ese necio vanidoso, enamorado,
según propia declaración, del zar, de la zarina,
y, al mismo tiempo, de la cartera de ministro de Hacienda, que
se le caía del cielo cuando menos la esperaba. Pero este
episodio de la traición cometida por Protopopov contra
el liberalismo no hizo variar en un ápice el sentido general
que informaba la política exterior de los liberales, mezcla
de codicia, cobardía y felonía.
El 1 de noviembre volvió a reunirse la Duma. La tensión
reinante en el país era ya insoportable; todo el mundo
esperaba que la Duma tomase alguna resolución decisiva.
Era preciso hacer o, por lo menos, decir algo. El «bloque
progresivo» viose obligado a recurrir nuevamente a los ritos
parlamentarios. Miliukov, enumerando desde la tribuna los principales
actos del gobierno, los glosaba una y otra vez con esta pregunta:
«¿Es imbecilidad o es traición?» Hubo también
otros diputados que dieron la nota alta. El gobierno no encontró
apenas defensores, pero contestó a su modo: prohibiendo
que los discursos pronunciados en la Duma fueran publicados por
la prensa. Por esta razón hubieron de imprimirse en tiradas
aparte, distribuyéndose por millones de ejemplares. Apenas
había oficina pública, lo mismo en el interior del
país que en el frente, donde no se copiasen estos discursos,
muchas veces con interpolaciones y añadidos, a tono con
el temperamento del copista. La resonancia de los debates del
1 de noviembre en todo el país fue tal que asustó
a los propios acusadores.
Un grupo de elementos de la extrema derecha, burócratas
de raza, inspirados por Durnovo, el pacificador de Moscú
en la revolución de 1905, dio al zar una nota que era en
aquellos momentos todo un programa. El ojo avezado de aquellos
funcionarios expertos que habían cursado en una escuela
policiaca seria, no dejó de percibir el peligro, y si su
receta no dio resultado, fue únicamente porque para la
dolencia que sufría el viejo régimen no había
cura. Los autores de la nota se pronunciaban en contra de toda
concesión a la oposición burguesa, no porque los
liberales quisieran ir demasiado lejos, como pensaban las vulgares
«centenas negras», a los que miraban por encima del
hombro los reaccionarios de las altas esferas gubernamentales;
no, sino porque los liberales «son tan débiles, se
hallan tan divididos y, digámoslo francamente, son tan
ineptos, que su triunfo sería tan efímero como inconsistente».
La debilidad del partido principal de la oposición, el
«demócrata constitucional» (kadetes) -seguía
diciendo la nota-, se revelaba ya en su mismo nombre: se titulaba
demócrata, siendo como era burgués por esencia;
hallándose como se hallaba en buena parte integrado por
terratenientes liberales, inscribía en su programa el rescate
obligatorio de las tierras. «Si se les quitan esas cartas
tomadas de las barajas de otro -escribían los consejeros
secretos del zar, usando las imágenes que les eran habituales-,
los kadetes quedan reducidos a una asociación numerosa
de abogados, profesores y funcionarios liberales de los distintos
departamentos del Estado.» Los revolucionarios eran ya otra
cosa. La nota reconoce, aunque rechinando los dientes, la importancia
de los partidos revolucionarios : «El peligro y la fuerza
de estos partidos consiste en que tienen una idea, dinero[!],
y masas bien dispuestas y organizadas.» Los partidos revolucionarios
«pueden contar con las simpatías de una mayoría
aplastante de campesinos, que seguirán al proletariado
tan pronto como los caudillos revolucionarios apunten a las tierras
de los señores». ¿Qué se conseguiría,
en estas condiciones, con instaurar un ministerio responsable?
«La desaparición completa y definitiva del partido
de las derechas, la absorción paulatina de los partidos
intermedios: centro, conservadores, liberales, octubristas y progresistas,
por el partido de los kadetes, que, de este modo, adquiriría,
por fin, una importancia decisiva dentro del plan. Pero pronto
los kadetes se verían amenazados por la misma suerte...
¿Y luego, qué? Pues luego entrarían en acción
las masas revolucionarias, sería llegado el momento de
la Comuna, caería la dinastía, se derrumbarían
las clases poseedoras y, por fin, entraría en escena el
bandido campesino.» No se puede negar que, en estas líneas,
el récord reaccionario policiaco se remonta hasta
alturas de singular sagacidad.
En cuanto a las medias propuestas, el programa de la nota no es
nuevo pero sí consecuente: un gobierno integrado de partidarios
implacables de la autocracia; supresión de la Duma; declaración
del estado de sitio en las dos capitales; aprontamiento de fuerzas
para sofocar la rebelión. En el fondo, no fue otro el programa
que sirvió de base a la política del gobierno durante
los últimos meses que precedieron a la revolución.
Mas la eficacia de este programa presuponía una fuerza
que Durnovo había tenido en sus manos en el invierno de
1905 pero que ya no existía en el otoño de 1917.
Por eso, la monarquía no tenía más remedio
que hacer todo lo posible por estrangular al país por debajo
de cuerda y hacerlo pedazos. El ministerio fue renovado, dándose
entrada a hombres de confianza incondicionalmente adictos al zar
y a la zarina. Pero estos hombres «de confianza», y
el primero de todos el tránsfuga Protopopov, era nulidades
lamentables. La Duma no fue disuelta, sino que volvieron a suspenderse
sus sesiones. Las declaraciones del estado de sitio en Petrogrado
se aplazó hasta el instante en que ya la revolución
se vieron arrastradas automáticamente al campo rebelde.
Todo esto se puso de manifiesto ya a los dos o tres meses.
Entretanto, el liberalismo hacía los últimos esfuerzos
desesperados por salvar la situación. Todas las organizaciones
de la gran burguesía apoyaron los discursos pronunciados
en noviembre por la oposición desde la tribuna de la Duma
con una serie de declaraciones. La más insolente fue la
resolución votada el 9 de diciembre por la «Unión
de Municipios Urbanos»: «Unos cuantos criminales irresponsables,
unos cuantos fanáticos, quieren llevar a Rusia al desastre,
a la ignonimia y a la esclavitud.» En este mensaje se invitaba
a la Duma nacional a «que no se disolviese sin antes conseguir
la formación de un gobierno responsable». Hasta el
propio Consejo de Estado, órgano de la alta burocracia
y de la gran propiedad, se mostró partidario de que fueran
llamados al poder hombres que gozaran de la confianza del país.
En el mismo sentido se pronunció el Congreso de la nobleza:
las piedras venerables cubiertas de musgo rompieron a hablar.
Pero todo siguió igual. La monarquía se resistía
a soltar los restos del poder que aún tenía en las
manos.
La última legislatura de la última Duma fue convocada,
tras muchas vacilaciones y aplazamientos, para el 14 de febrero
de 1917. Faltaban menos de dos meses para estallar la revolución.
Todo el mundo esperaba manifestaciones en las calles. En el Reich,
órgano de los kadetes, aparecía junto al bando del
gobernador militar de la región de Petrogrado, general
Jabalov, declarando prohibido todo género de manifestaciones,
una carta de Miliukov en que se ponía en guardia a los
obreros contra los «consejos malévolos y peligrosos»,
de «origen turbio». A pesar de las huelgas, las sesiones
de la Duma se abrieron con relativa tranquilidad. Simulando que
la cuestión del poder había dejado de interesarle,
la Duma se consagró a un problema muy grave en verdad,
pero puramente práctico: las subsistencias. El estado de
espíritu de los diputados era de abatimiento, había
de decidir más tarde Rodzianko: «se notaba la impotencia
de la Duma, el cansancio producido por aquella lucha estéril».
Y Miliukov repetía que el bloque progresivo «actuaría
con la palabra y sólo con la palabra». En estas condiciones
fue como la Duma se vio arrastrada por el torbellino de la Revolución
de Febrero.
(1) Llámase «comprador» al comerciante indígena
que sirve de intermediario entre el capital extranjero y el mercado
chino. [NDT.]
(2) Partido de los «demócratas constitucionales».K.D.
son las iniciales rusas de donde viene el nombre de kadetes.
[NDT.]
(3) Literalmente, «laboristas», bloque formado por los
diputados campesinos socialrevolucionarios e intelectuales radicales.
[NDT.]
(4) Partido de la gran burguesía de derecha, formado a
fines de 1905. [NDT.]
(5) Partido de los demócratas constitucionales o kadetes.
[NDT.]
Capítulo 3. El proletariado y los campesinos